Mi padre hubiera cumplido el domingo 85 años.
Los que me conocéis personalmente podéis estar seguros de que cualquier cualidad que creáis ver en mi, la he heredado de él. Era trabajador, responsable, prudente, considerado, responsable, austero. Creo que nunca hizo nada que alguna vez pudiera quitarle el sueño.
En muchas cosas, parecía de otra época. Escribía siempre con estilográfica, con una letra muy pequeña y pulcra. Para quien no estuviera habituado, su escritura recordaba a los caracteres chinos. Aunque fuera una nota sin importancia lo hacía siempre en líneas rigurosamente rectas y subrayaba con rotulador rojo ¡y una regla! las los puntos importantes. Anotaba todo cuanto gastaba, hasta las pequeñas cantidades. Después sumaba los gastos del mes y,finalmente, los del año. Jamás se salía de un presupuesto marcado, y no lo hacía por ser avaricioso, sino por vivir con orden, sin estirar nunca el brazo más allá de lo que daba la manga.
En el garaje donde guardaba el coche se asombraban por que la mañana del 1 de enero, cuando todo el mundo aún dormía, se presentaba para pagar el recibo del mes, Frecuentemente tenían que decirle que los recibos ni siquiera estaban hechos todavía. Jamás nadie tuvo que recordarle que pagara algo, se adelantaba él
Vestía siempre con corbata y chaqueta, y no por darse importancia o presumir, sino por genuino respeto a los demás Sólo en sus últimos años conseguimos que se relajara un poco en eso del vestir, y cuando iba a la sierra de excursión consentía en ponerse alguna prenda cómoda y abrigada para conducir, como un husky, que fue la única prenda algo sport que yo le he conocido. El otro día, viendo una película, pensé que parecía un terrateniente inglés, con sus chalecos y corbatas de punto. Hubiera encajado a las mil maravillas en un pueblecito como los que aparecen en las novelas de Agatha Christie. Por contra, tenía un nulo sentido para combinar colores, y frecuentemente aparecía donde yo estuviera para preguntarme qué calcetines o qué corbata debía ponerse.
Jamás en su vida pisaba una tienda y había que traerle la ropa para que se la probara en casa. En eso y algunas otras cosas era un poco comodón. Pero no era perezoso. Se levantaba muy temprano, aunque no fuera un día laborable. Y como lo que más le gustaba en el mundo era conducir, sólo había que insinuarle que necesitabas ir a alguna parte. Dejaba lo que estuviera haciendo, se levantaba de la butaca con diligencia y a los pocos minutos tenías el coche en la puerta, con chofer incluído. Aunque era muy prudente, le gustaba correr con el coche. Pero jamás tuvo un incidente en la carretera o una multa de tráfico.
Para él un viaje no tenía sentido si no era para hacer kilómetros. Se recorrió hasta el último rincón de España, sabía de la existencia y el estado de todas las carreteras, hasta las menos importantes, y renovaba regularmente sus mapas de carreteras, para que estuvieran perfectamente actualizados. Planeaba los viajes con una meticulosidad que rayaba en la obsesión. Sabía dónde iba a desayunar, almorzar y cenar cada día y a qué hora pasaría por cada pueblo. Antes de partir sabía perfectamente cuántos kilómetros iba a hacer cada día Y lo mismo que hacía para él, lo hacía para los demás. Si le pedías que te organizara un trayecto, podías seguir sus instrucciones con los ojos cerrados que era imposible que algo saliera mal.
Hace casi 10 años que murió pero aún está intacto su enorme buró, con los cajones llenos de mapas de carretera, folleto de hoteles, etc... No somos capaces de tirarlos o romperlos porque nos parece una especie de sacrilegio.
Le gustaban las rutinas, los crucigramas, los documentales de historia, el arte, los museos, leer biografías de personajes históricos. En los mismos cajones que los mapas de carretera se guarda algo que hizo por pura distracción: una colección de árboles genealógicos de todas las monarquías que alguna vez han sido en el mundo, escritos, como dije antes, con pluma y esa letra suya tan rara pero que para mí es tan clara como el agua, en hojas de papel ya amarillento.
Hubiera disfrutado muchísimo con internet, visitando webs de museos, buscando información de los temas que le interesaban, leyendo montones de diarios digitales. Pero llegó algo tarde. Aunque yo tenía ordenador desde 1983, todavía tardé un poco en tener internet en casa. Una pena.

Que bonitas palabras Carmina
ResponderEliminarGracias, ALlvarito. Si lo hubieses conocido sabrías que no he exagerado ni un pelo. Él era así. Hablar de él en otros términos hubiera sido inventar
ResponderEliminarMuy entrañable, Carmina. Precioso homenaje.
ResponderEliminarUn beso gordo.
Y otro.
¿Sólo dos besos? ¡Ojú qué poco!
EliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarHe disfrutado cada línea Ina...
ResponderEliminarSiento que, aunque sea un poquito, sigue vivo en nosotros, en nuestra forma de ser...
Claro, tú sí lo conociste y te acuerdas muy bien de todos esos detalles, porque ya eras mayorcito
EliminarYo también lo conocí, lo recuerdo más en la casa de Muñoz Arenillas que en la de la calle Torre, no me preguntes por qué.
ResponderEliminar